Pa.Di.L.
Pastoral Diocesana de Liturgia


El tiempo "durante el año" nos ayuda a profundizar el conjunto de la historia de la salvación, sobre todo a través de una contemplación continuada del mensaje bíblico vivido en su desarrollo progresivo.
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TIEMPO "DURANTE EL AÑO"

Datos sobre el Tiempo "Durante el Año"
TIEMPO
El tiempo es, con el espacio, una de las coordenadas en que se inscribe el ser y el obrar humano. Es una realidad importante, misteriosa, inaferrable.
Pero el tiempo, además de entenderse como la medida cósmica de lo que acontece en la existencia humana, puede tener otros sentidos superpuestos: el sentido que queramos dar a la sucesión de las horas y de los días en clave humana, social o religiosa. En el nivel meramente cronológico, el tiempo es inexorable va pasando igual para todos, según el reloj y el calendario. Pero existe también el «tiempo humano, o interior» de cada uno, o el «tiempo comunitario social», al compás de los acontecimientos históricos. Y el «hombre religioso» vive el tiempo con una referencia a lo sagrado, en su continuado retomo como memoria de los hechos divinos que dan sentido a su religión.
En el AT, el pueblo de Israel, además de vivir el tiempo cósmico -los acontecimientos naturales de las estaciones- le dio un sentido claramente salvífico: la celebración anual de las intervenciones de Dios en su historia. Así, la Pascua primaveral se convirtió además en el memorial anual de la salida de Egipto, el éxodo. Pentecostés celebraba la alegría de las cosechas, pero luego también la conmemoración de la Alianza del Sinaí. El «tiempo sagrado» o histórico-salvífico se entrelazaba perfectamente con el «tiempo cósmico». El tiempo cósmico es el «chronos» griego, dividido ya desde antiguo en sus ritmos más evidentes: el día, el mes, el año, y muy pronto también la semana. El tiempo salvífico es el «kairós»: la ocasión, el momento del encuentro con la gracia que Dios ofrece al hombre en medio de la historia.
Los cristianos, aceptando de entrada la organización del tiempo según la cultura de Israel, muy pronto de la cultura romana, le dieron desde el principio un sentido de novedad y plenitud: todo se interpretó desde Cristo y en torno a su Pascua. El día, la semana, el domingo, la organización del año: todo se entendió como desarrollo, celebración memorial revivencia en el tiempo del misterio pascual de Cristo.
El Año Litúrgico se ha ido organizando en esta clave, con la celebración del ciclo anual de los misterios de Cristo de los santos (SC 103-104). En él ha diversos «tiempos», los llamados «fuertes» (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua) y el «tiempo ordinario». Además, con la sabia inserción de las celebraciones de los santos en el «ciclo temporal» de los misterios del Señor. La Iglesia «celebra la obra de salvación de su divino Esposo con un sagrado recuerdo, en días determinados a lo largo del año. Cada semana, en el día que llamó del Señor, conmemora su resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua. Además, en el ciclo del año, desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encamación y el Nacimiento hasta la Ascensión, el día de Pentecostés y la expectativa de la feliz esperanza y venida del Señor. Al conmemorar así los misterios de la redención, abre la riqueza de las virtudes y de los méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles para que los alcancen se llenen de la gracia de la salvación» (SC 102). Todo ello con una fuerte mirada escatológica hacia la plenitud de los tiempos en el Reino plenamente realizado de Cristo.
Por otra parte, el ritmo diario del tiempo queda santificado por la Liturgia de las Horas, siguiendo la sucesión de la noche y el día, de la mañana y la tarde (cf. IGLH 10-11). Santificar el tiempo no significa sacralizarlo, sino darle sentido cristiano, vivir el trabajo con una orientación cristocéntrica y pascual. Esto lo quiere conseguir la Liturgia de las Horas sobre todo con la celebración matutina de Laudes y la vespertina de Vísperas, al principio y al final de la actividad cotidiana, aunque también se rezan otras horas complementarias a lo largo del día, al final de la jornada e incluso en las vigilias nocturnas. Para que esta consagración o santificación del tiempo sea más efectiva, se recomienda que se observe el principio de la «veritas temporis», la «verdad del tiempo», porque «ayuda mucho, tanto para santificar realmente el día como para rezar con fruto espiritual las Horas, que su recitación se tenga en el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica» (IGLH 11 y SC 88.94).
TIEMPO ORDINARIO
«Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan 33 o 34 semanas en el curso del año, en las cuales no se celebra algún aspecto peculiar del misterio de Cristo; sino más bien se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud, principalmente los domingos. Este período de tiempo recibe el nombre de Tiempo Ordinario.
El Tiempo Ordinario comienza el lunes que sigue al domingo posterior al 6 de enero y se extiende hasta el martes antes de Cuaresma, inclusive; de nuevo comienza el lunes después del domingo de Pentecostés y termina antes de las primeras Vísperas del domingo I de Adviento» (NU 43-44: E 4295-4296).
El llamado Tiempo Ordinario se puede decir que es una novedad de la reforma posconciliar. Antes había una serie de «domingos después de la Epifanía» y otra de «domingos después de Pentecostés». Ahora es una única serie con una cierta unidad a lo largo del año. Sobre todo, hay un elemento que le da unidad: el Leccionario. El de los domingos, dividido en tres ciclos (con «el evangelista del año»), y el de los días feriales, en dos. Esta lectura semicontinuada de la Biblia convierte al Tiempo Ordinario en la mejor escuela de fe para la comunidad cristiana.
El nombre de Tiempo Ordinario no es muy feliz: también se le llama «tiempo durante el año», en latín «tempus per annum», y antes, popularmente, «domingos verdes». Lo de «ordinario» no tendría que interpretarse como «poco importante» o «anodino». Se quiere distinguir así de los «tiempos fuertes» que son el ciclo de Pascua y el de Navidad, con su preparación y su prolongación.
Pero el Tiempo Ordinario tiene su gracia particular. En rigores el tiempo más antiguo en la organización del Año cristiano -la sucesión de los domingos y de las semanas, antes de que fueran surgiendo los varios ciclos-, y que además ocupa la mayor parte del año (treinta y tres o treinta y cuatro semanas, de las cincuenta y dos). Este tiempo presenta valores que no se pueden olvidar: nos ayuda a ir viviendo el misterio de Cristo en su totalidad; nos acompaña en la tarea de crecimiento y maduración de lo que hemos celebrado en la Navidad y en la Pascua; pone en evidencia la primacía del domingo cristiano; nos ofrece la escuela permanente de la Palabra bíblica; y nos hace descubrir la gracia de lo ordinario: la vida cotidiana vivida también como tiempo de salvación.
Aldazábal, José, "Vocabulario básico de liturgia. Biblioteca litúrgica 3" (2002), 3ª edición, Edit. Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona.
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